A Cidade

Fazem-se de betão e vidro,
de lugares estranhos e gentes ocupadas.
Em todas cresce uma árvore
diante da casa de um suicida
e há meninos que se habituam a adormecer
sonhando com um cão.
Não falta o pequeno-almoço em hotéis luxuosos,
nem tão-pouco famílias com jardim,
mas são mais frequentes
as entradas escuras com pares de namorados,
o beijo frio,
a rosa de cimento na janela.

As ruas desembocam em praças descompostas,
as tardes de domingo nos cafés
e o fumo dos automóveis nos olhos do louco
que murmura os seus anos
e enumera-os sem fim
de metro em metro.
Ao sair dos túneis sentimos
que os céus de água
são iguais a um mapa do passado
e costuma entender-se
que a vida é uma arma lenta e de dois gumes
nos passos sem ninguém,
nas noites vazias
ou na fraqueza que as cidades têm
por cinemas de bairro
e por bilheteiras garridas.

Apesar dos plátanos, olmos e tílias,
apesar da erva, se é do Norte que falamos,
a gente que nos olha,
a gente que brota dos semáforos,
a que flui diante das lojas,
necessita do amparo
de outra vegetação,
um sigílio de números e cartões de crédito
que estende as suas raízes pelas caves
à procura da solidão nos sótãos
como os móveis e as ratazanas velhas.

Não é inútil viajar,
pois se é certo que todas as cidades
amanhecem de forma parecida,
a noite chega a cada uma
de maneira diversa.
De dia podem ver-se
secretárias, porteiros e polícias,
músicos de rua e soldados,
caixeiras que escutam e sorriem,
escriturários que cheiram a repartição,
condutores, estranhos sacerdotes,
executivos humilhados.
Igual em todo o lado,
porque só há quilómetros.
Mas existe a noite,
a solidão que anula as profissões
num mundo habitado somente
por homens e mulheres,
confidências de amarga valentia.

Nas cidades podem encontrar-se
relógios que param no último copo,
a lua sobre um táxi
e todos os poemas que te escrevo.

Luis García Montero, Espanha (n. 1958), traduzido por Nuno Dempster.

LA Ciudad

Se hacen de hormigón y de cristal,
de lugares extraños y gentes ocupadas.
En todas crece un árbol
delante de la casa de un suicida
y hay niños que acostumbran a dormirse
soñando con un perro.
No faltan desayunos en hoteles lujosos,
ni tampoco familias con jardín,
pero son más frecuentes
los portales oscuros con pareja de novios,
el beso frío,
la rosa de cemento en la ventana.

Las calles desembocan en plazas descompuestas,
las tardes de domingo en las cafeterías
y el humo de los coches en los ojos del loco
que murmura sus anos
y los cuenta sin fin
de metro en metro.
Al salir de los túneles sentimos
que los cielos de agua
son igual que una carta del pasado,
y suele comprenderse
que la vida es un arma lenta y de doble filo
en los pasos sin nadie,
en las noches vacías
o en la debilidad que tienen
las ciudades por los cines de barrio
y por las taquilleras muy pintadas.

A pesar de los plátanos, los olmos y los tilos,
a pesar de la hierba, si es que hablamos del Norte,
la gente que nos mira,
la gente que se salta los semáforos,
la que fluye delante de las tiendas,
necesita el amparo
de otra vegetación,
un sigilo de números y tarjetas de crédito
que extiende sus raíces por los sótanos
y busca soledad en los desvanes
como los muebles y las ratas viejas.

No es inútil viajar,
porque es cierto que todas las ciudades
amanecen de un modo parecido,
pero la noche llega en cada una
de manera distinta.
De día pueden verse
secretarias, conserjes, policías,
músicos callejeros y soldados,
dependientas que escuchan y sonríen,
oficinistas con olor a instancia,
conductores, extraños sacerdotes,
ejecutivos humillados.
Igual en todas partes,
porque apenas existen los kilómetros.
Pero existe la noche,
la soledad que borra los oficios
en un mundo habitado solamente
por hombres y mujeres,
confidencias de amarga valentía.

En las ciudades pueden encontrarse
relojes que se paran en la última copa,
la luna sobre un taxi
y todos los poemas que te escribo.

Luis García Montero

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