A mulher de Lot

Talvez tenha olhado para trás levada pela curiosidade.
Mas posso ter tido outras razões.
Olhei para trás porque me custou deixar a taça de prata.
Por distração, ao atar o cordão da sandália.
Para não ter de continuar a fitar a nuca austera
do meu marido, Lot.
Pela súbita certeza de que se eu morresse,
ele não se deteria.
Pela natural desobediência dos humildes.
Para ver se alguém nos perseguia.
Levada pelo silêncio, julgando que Deus mudaria de ideias.
Já as nossas duas filhas se afastavam para lá da colina.
Senti a velhice em mim. A desolação.
A inutilidade da viagem. Sonho.
Olhei para trás ao colocar a trouxa no chão.
Olhei para trás, preocupada com o passo seguinte.
No meu caminho apareceram serpentes,
aranhas, ratos do campo e filhotes de abutre.
Nem bons nem maus, simples viventes,
agitando-se todos, arrastados por um medo colectivo.
Olhei para trás por solidão.
Por vergonha de fugir às escondidas.
Com vontade de chorar, de regressar.
Ou porque só então se levantou o vento,
me despenteou o cabelo e agitou o vestido.
Senti que me conseguiam ver das muralhas de Sodoma
E que se riam de mim, sem parar.
Olhei para trás cheia de raiva.
Para gozar plenamente a ruína da cidade.
Olhei para trás por todas as razões mencionadas.
Olhei para trás sem querer.
Foi então que uma rocha deslizou sob os meus pés, rangendo.
E que uma fenda de repente me cortou o passo.
Na borda, um rato agitava as patas dianteiras.
E então ambos olhámos para trás.
Não, não. Continuei a correr, a rastejar, a trepar
até que a escuridão caiu do céu,
e com ela cascalho ardente e aves mortas.
Sem fôlego, várias vezes perdi o equilíbrio.
Se alguém me visse, julgaria que dançava.
É possível que os meus olhos estivessem abertos.
Que tenha caído contemplando a cidade.

Wislawa Szymborska, Polónia (n. 1923), tradução de Soledade Santos, a partir da versão de Gerardo Beltrán e Abel A. Murcia

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La mujer de Lot

Tal vez miré hacia atrás por curiosidad.
Pero además de curiosidad pude tener otras razones.
Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata.
Por distracción: amarrándome el cordón de la sandalia.
Para no mirar más la nuca justa
de mi marido, Lot.
Por la seguridad repentina de que si yo muriera,
él no se detendría
Por la desobediencia natural de los humildes.
Escuchando cómo nos perseguían.
Conmovida por el silencio, pensando que Dios cambiaría de idea.
Nuestras dos hijas se perdían ya tras la colina.
Sentí la vejez en mí. El alejamiento.
Lo inútil de viajar. Sueño.
Miré hacia atrás mientras ponía mi hatillo en el suelo.
Miré hacia atrás preocupada por el siguiente paso.
En mi camino aparecieron serpientes, arañas,
ratones de campo y polluelos de buitre.
Ni buenos, ni malos; simplemente lo vivo, todo,
brincaba y se arrastraba por un temor colectivo.
Miré hacia atrás por soledad.
Por la vergüenza de huir a escondidas.
Por las ganas de gritar, de regresar.
O porque justo entonces se soltó el viento,
desató mi pelo y me levantó el vestido.
Sentí que me veían desde los muros de Sodoma
y se morían de risa, una y otra vez.
Miré hacia atrás llena de rabia.
Para gozar plenamente su ruina.
Miré hacia atrás por todas las razones mencionadas.
Miré hacia atrás sin querer.
Fue sólo que una roca giró gruñendo bajo mis pies.
Que una grieta de pronto me cortó el paso.
En la orilla un hámster agitaba las patas delanteras.
Y entonces ambos miramos hacia atrás.
No, no. Yo seguí corriendo, arrastrándome y trepando
hasta que la oscuridad cayó del cielo,
y con ella grava ardiendo y aves muertas.
Por falta de aliento varias veces perdí el equilibrio.
Si alguien me hubiera visto, pensaría que bailaba.
Es posible que haya tenido los ojos abiertos.
Que haya caído mirando hacia la ciudad.

Wislawa Szymborska
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