Generalife

A Isabel García Lorca, pequena fada do Generalife

Ninguém mais. Aberto tudo.
Porém já ninguém faltava.
Não eram mulheres, nem meninos,
não eram homens, mas lágrimas
― quem poderia levar
as suas imensas lágrimas? ―
que tremiam, que corriam,
arremessando-se à água.

… Falam as águas e choram
sob os aloendros brancos;
sob os aloendros rosa,
choram as águas e cantam
por entre os mirtos em flor
sobre as águas melancólicas.

Loucura de canto e pranto
das lágrimas e das almas!
Dentro das quatro paredes,
sofrem, em chamas, as águas;
as almas falam e choram,
as lágrimas esquecidas;
as águas cantam e choram
as emparedadas almas.

Por ali estão a matá-la,
por ali a arrebatavam
― despida a podiam ver. ―
Correi, correi, que se escapam!
― e a sua alma quer sair,
em mão de água transformar-se,
acudir a toda a parte
com palavras desatadas,
fazer-se pranto em tormento,
em as águas, com as almas… ―
Pelas escadas acima!
Não, as escadas desciam!
― Que espantosa confusão
de almas, de águas e de lágrimas;
que amontoamento pálido
de fugas desatinadas!

… E como saber que querem?
Onde beijar, como, alma,
almas nem lágrimas verem
trémulas no meio da água?
Não se podem separar;
deixai-as fugir, deixai-as! ―

… Foram cheirar as magnólias,
debruçar-se sobre os muros,
esconder-se no cipreste,
conversar com a fonte chã?

Silêncio, que já não choram!
Escutai! Que já não falam.
Adormeceu a água e sonha
que lhe tiravam as lágrimas;
que as almas que tinha em si
eram asas e não lágrimas;
menina no seu jardim,
mulher com rosa grená,
menino que olhava o mundo,
homem com a sua noiva…
Que cantava e que ria…
Que cantava e que chorava,
vermelhos de sol poente
em as lágrimas mais altas,
em o mais alto chamar,
girar de alma ensanguentada!

Caída, esparsa, desfeita
a água celeste e branca!
Com que desfiguração
sobre o braço se levanta!
Fala com mais fé aos sonhos,
que se lhe esfumam das ânsias;
parece que se resigna
e dá a mão à própria alma,
enquanto a estrela de então,
presença eterna, a engana.

Porém regressa outra vez
de ao pé da sua desgraça;
esconde a cara nas mãos,
não quer nada nem ninguém,
e clama para morrer,
e foge sem esperança.
… Falam as águas e choram,
choram as almas e cantam.
Oh que desconsolação,
sempre de um lado para o outro:
que chegar ao abrigo último
em repetição sonâmbula;
que bater com a cabeça
nas derradeiras muralhas!

― … Em água a alma soçobra
e o corpo baixa sem alma;
o corpo vai-se sem pranto,
que o abandona com a água,
chorando, falando, cantando,
com as almas, com as lágrimas
do labirinto de dor,
entre os aloendros brancos,
entre os aloendros rosa
da tarde de cinza e prata,
já o mirto enegreceu,
debaixo das fontes secas. ―

Juan Ramón Jiménez, Espanha (1881-1958), tradução de Nuno Dempster.



Generalife

A Isabel García Lorca, hadilla del Generalife

Nadie más. Abierto todo.
Pero ya nadie faltaba.
No eran mujeres, ni niños,
no eran hombres, eran lágrimas
— ¿quién se podía llevar
la inmensidad de sus lágrimas?—
que temblaban, que corrían
arrojándose en el agua.

…Hablan las aguas y lloran
bajo las adelfas blancas;
bajo las adelfas rosas,
lloran las aguas y cantan,
por el arrayán en flor,
sobre las aguas opacas.

¡Locura de canto y llanto,
de las almas, de las lágrimas!
Entre las cuatro paredes,
Penan, las llamas, las aguas;
las almas hablan y lloran,
las lágrimas olvidadas;
las aguas cantan y lloran,
las emparedadas almas.

…¡Por allí la están matando!
¡Por allí se la llevaban!
—Desnuda se la veía.—
¡Corred, corred, que se escapan!
—Y el alma quiere salirse,
mudarse en mano de agua,
acudir a todas partes
con palabra desatada,
hacerse lágrima en pena,
en las aguas, con las almas…—
¡Las escaleras arriba!
¡No, la escalera bajaban!
—¡Qué espantosa confusión
de almas, de aguas, de lágrimas;
qué amontonamiento pálido
de fugas enajenadas!

…¿Y cómo saber qué quieren?
¿Dónde besar? ¿Cómo, alma,
almas ni lágrimas ver
temblorosas en el agua?
¡No se pueden separar;
dejadlas huir, dejadlas!—

…¿Fueron a oler las magnolias,
a asomarse por las tapias,
a esconderse en el ciprés,
a hablarle a la fuente baja?

…¡Silencio, que ya no lloran!
¡Escuchad! Que ya no hablan.
Se ha dormido el agua y sueña
que la desenlagrimaban;
que las almas que tenía,
no lágrimas, eran alas;
dulce niña en su jardín,
mujer con su rosa grana,
niño que miraba el mundo,
hombre con su desposada…
Que cantaba y que reía…
¡Que cantaba y que lloraba,
con rojos de sol poniente
en las lágrimas más altas,
en el más alto llamar,
rodar de alma ensangrentada!

¡Caída, tendida, rota
el agua celeste y blanca!
¡Con qué desencajamiento,
sobre el brazo se levanta!
Habla con más fe a sus sueños,
que se le van de las ansias;
parece que se resigna
dándole la mano al alma,
mientras la estrella de entonces,
presencia eterna, la engaña.

Pero se vuelve otra vez
del lado de su desgracia;
mete la cara en las manos,
no quiere a nadie ni nada,
y clama para morirse,
y huye sin esperanza.
…Hablan las aguas y lloran,
lloran las almas y cantan.
¡Oh qué desconsolación
de traída y de llevada;
qué llegar al rincón último,
en repetición sonámbula;
qué darse con la cabeza
en las finales murallas!

—…En agua el alma se pierde,
y el cuerpo baja sin alma;
sin llanto el cuerpo se va,
que lo deja con el agua,
llorando, hablando, cantando,
con las almas, con las lágrimas
del laberinto de pena,
entre las adelfas blancas,
entre las adelfas rosas
de la tarde parda y plata,
con el arrayán ya negro,
bajo las fuentes cerradas.—

Juan Ramón Jiménez

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